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Las clases sociales son necesarias (y antes de que te ofendas, déjame explicar)

Los sentineleses llevan 60,000 años aislados y siguen en la Edad de Piedra. El Renacimiento duró 400 años y cambió el mundo. La diferencia no es genética — es organización. Una defensa incómoda de por qué la especialización social, no la igualdad forzada, es lo que mueve a la civilización.
Las clases sociales son necesarias (y antes de que te ofendas, déjame explicar)

Antes de que cierres la pestaña, un aviso: esto no es un manifiesto político. Es una idea que me lleva rondando la cabeza un buen rato y que quiero poner sobre la mesa porque me parece que nadie la dice en voz alta. No porque sea particularmente brillante, sino porque el simple título ya hace que cierta gente se ponga roja antes de leer el primer párrafo.

Y hablando de esa gente: si eres de los que defiende el comunismo desde tu iPhone mientras pides un Uber Eats, este post te va a caer gordo. Lo siento. Bueno, no tanto.

60,000 años sin WiFi

Para explicar mi punto necesito que conozcas a los sentineleses. Son una tribu que habita la isla Sentinel del Norte, un pedazo de tierra en el archipiélago de las islas Andamán, que técnicamente pertenece a la India pero en la práctica le pertenece a nadie —porque los sentineleses llevan ahí, según estimaciones antropológicas, alrededor de 60,000 años y tienen la costumbre de recibir a los visitantes a flechazos.

No es metáfora. En 2018 un misionero estadounidense llamado John Allen Chau desembarcó en la isla con intención de evangelizarlos. Lo mataron. La India ni siquiera intentó recuperar el cuerpo porque está prohibido acercarse a menos de cinco kilómetros de la costa. La tribu está protegida por ley desde 1956, precisamente porque el contacto con el exterior los mataría —no tienen inmunidad contra nuestras enfermedades.

Ahora, lo que me interesa no es la violencia ni el misionero. Lo que me interesa es el dato duro: 60,000 años. En todo ese tiempo los sentineleses no desarrollaron escritura, no descubrieron la metalurgia, no inventaron la rueda. Sus herramientas, por lo que se pudo observar en los pocos contactos documentados en los años 90, son de la Edad de Piedra. Cazan, pescan, recolectan. Punto.

Y comen natural. Y hacen ejercicio todos los días. Y respiran aire puro sin microplásticos. Todo lo que promete el gurú de bienestar de TikTok que vende suplementos a 800 pesos el frasco.

¿Resultado? Su esperanza de vida estimada ronda los 30 a 40 años. Que es, por cierto, exactamente lo que se estima para la mayoría de las civilizaciones preindustriales. La esperanza de vida al nacer en la Roma antigua era de entre 20 y 30 años (un romano que sobrevivía la infancia podía llegar a los 50, pero el promedio lo destrozaba la mortalidad infantil, que se llevaba a entre un cuarto y un tercio de los recién nacidos).

Pero no quiero desviarme con los romanos. El punto es este: los sentineleses llevan 60 milenios haciendo lo mismo. Sin avances en medicina, sin ciencia, sin tecnología. Sesenta mil años.

500 años que cambiaron todo

Ahora ponlo junto al Renacimiento. Un período que duró del siglo XIV al XVII —del 1300 al 1700, redondeando—. Apenas 400 años. En ese parpadeo de tiempo la humanidad produjo a Galileo, Kepler, Copérnico, Da Vinci. Se revolucionó la filosofía, la medicina, la arquitectura, las artes. Se sentaron las bases de la ciencia moderna.

Y no fue porque la gente del Renacimiento fuera genéticamente superior. Fue porque su sociedad estaba organizada de una manera muy específica.

La sociedad renacentista era brutalmente estratificada. El clero arriba, la nobleza enseguida, los comerciantes y artesanos en medio, los campesinos abajo. No era justa. No era bonita. Pero esa estructura permitía algo que la isla Sentinel nunca tuvo: especialización.

Adam Smith lo formalizó siglos después en La riqueza de las naciones: la división del trabajo es el motor de la prosperidad. Su ejemplo famoso era una fábrica de alfileres —diez trabajadores especializados producían 48,000 alfileres al día; los mismos diez haciendo todo el proceso por separado apenas sacaban unos pocos. La diferencia no era talento. Era organización.

En una tribu igualitaria de 50 personas donde todos cazan, todos pescan y todos hacen lo mismo, nadie tiene tiempo de sentarse a pensar en trigonometría. No hay margen. Sobrevivir consume el 100% del día.

Pero cuando un grupo produce comida para todos, otro grupo se libera para pensar. Y cuando alguien se libera para pensar, aparecen cosas como la penicilina, la imprenta o el avión. No sale gratis —alguien está cargando la parte pesada para que el filósofo pueda filosofar—. Pero el resultado neto es que toda la pirámide avanza, incluyendo los de abajo.

120 veces más tiempo en la isla que en el Renacimiento. Y en la isla siguen en la Edad de Piedra.

La trampa del "todos somos iguales"

Aquí es donde la cosa se pone incómoda.

Hay un discurso que se repite tanto que ya nadie lo cuestiona: "todos somos iguales". Y depende de lo que quieras decir con eso. ¿Iguales en derechos? Por supuesto. ¿Iguales en dignidad? Sin duda. ¿Iguales en capacidades, inclinaciones, vocación y función dentro de un grupo? Eso es una mentira piadosa que suena bonita en una manta de graduación pero que no resiste el contacto con la realidad.

Ningún comunista serio cree esto de corazón, por cierto. Si de verdad creyeran que el comunismo funciona, ya se habrían mudado a uno de los paraísos disponibles. Que no lo hagan dice más que cualquier manifiesto.

Pero la versión moderna del autoengaño ni siquiera viene del comunismo. Viene del posmodernismo motivacional de redes sociales: esa idea de que "TODOS somos especiales", de que todos merecemos una vida de lujos, de que todos somos "millonarios en potencia" y solo nos falta echarle más ganas, despertar a las 5 de la mañana, o encontrar nuestro propósito con un webinar de 3,000 pesos.

Es mentira. Le pasa a un porcentaje tan microscópicamente pequeño de la población que llamarlos excepción es ser generoso. Pero vende mucho, porque a todos nos gusta escuchar que somos especiales.

Y mientras tanto, el discurso de "todos podemos ser lo que queramos" logra algo perverso: que todos quieran exactamente lo mismo. El coche deportivo, las vacaciones en la playa, el departamento con terraza. Miles de millones de personas "descubriendo su propósito" y resulta que el propósito de todos es idéntico. Curioso, ¿no?

No todos nacimos para lo mismo (y eso no es malo)

Yo creo —y es solo eso, una creencia, no un dogma— que las personas nacemos con una inclinación natural distinta. No determinada al 100%, pero sí real. No todo es ambiente, no todo es cultura, no todo es educación. Hay algo ahí adentro que empuja.

Hay gente que nació para proteger a los demás. Gente que nació para curar. Gente que nació para dirigir. Para construir. Para explorar. Yo siento que nací para aprender y enseñar — y no lo digo como frase de taza motivacional, sino porque llevo haciéndolo desde que tengo memoria y es lo único que no me aburre después de un mes.

Afuera hay miles de personas arrastrándose miserables a una oficina todos los días, cuando algo dentro de su cableado interno les daría mil veces más satisfacción tumbando un árbol en el bosque, soldando una tubería, o reparando un motor. Pero como les vendieron que el éxito es un escritorio con vista a la ciudad y un título de MBA, pues ahí están, forzando la pieza equivocada en el rompecabezas.

Y existe el caso inverso: gente que disfruta el ambiente corporativo y lo vive con gusto todos los días. Que no es inferior ni superior al leñador. Simplemente es distinta.

El problema es que nadie se va a descubrir a sí mismo mientras esté midiendo su vida con la regla que le vendió un tipo en Instagram. "Todos somos especiales" pero todos queremos lo mismo. Nadie se siente especial por querer ser buen padre, buen plomero o buen paramédico. Solo te sientes especial si quieres ser CEO, influencer o nómada digital. Eso está roto.

Entonces, ¿qué?

No estoy diciendo que la desigualdad sea deseable. Estoy diciendo que la diferenciación de funciones —que cada quien haga lo que mejor se le da dentro de un grupo— es lo que hizo avanzar a la civilización. Que cuando todos hacen lo mismo, como en la isla Sentinel, pasan 60,000 años y no pasa nada. Y que cuando la gente se especializa, en 400 años cambias el mundo.

Lo que sí puedes hacer a nivel personal: dejar de escuchar redes sociales como si fueran el oráculo. Dejar de sentirte insuficiente porque no encajas en el molde de éxito que te repiten veinte veces al día. Considerar la posibilidad de que te están poniendo a hacer algo para lo que no naciste, y que si descubres qué es lo tuyo, tienes la obligación contigo mismo de perseguirlo.

Es difícil. No voy a fingir que es fácil dentro de un sistema que te necesita obediente y comprando cosas. Pero el primer paso es entender algo que suena simple y que casi nadie practica: naciste dentro de un grupo, y tu misión probablemente no es "ser el mejor", sino ser útil para los otros. Lo que tienes, lo bueno y lo malo, es efecto de la gente que te rodea. Y tu futuro también lo será.

Nadie nace solo. Y las tribus que se aíslan no avanzan.

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